[:es]Segunda Marcha de la Comida: Un golazo de la Madre Tierra[:fr]Seconde Marcha de la Comida: “Je ne pensais pas qu’une banane plantain pouvait convoquer tant de gens!”[:]

[:es]

Por Minga de comunicación.

Finca la emperatriz. 24 de junio de 2019.

Liberamos para que quepamos todos los seres, esta frase sí que pega.

Esta mañana, todo empieza con un guatín que cruza corriendo el camino que lleva a la cocina. A esta hora, uno siempre se lo cruza; es el vecino. Llegó hace poquito y se amañó por acá, el compadre: el lugar es fresquito desde que empezó a crecer el monte, y que la quebrada cogió fuerza. Uno va siguiendo, sonriendo por dentro de que se vuelva a poblar este pedacito; saluda las vacas, los terneritos. Los perros son los que nos acogen en la cocina.

Ahora, costal al hombro, al llegar al sembrado de maíz, salen volando una montonera bonita de loras, saludándonos con su bulla alegre. Les gustó el choclo, parece. Ahí dejaron la huellas de sus picos en las mazorcas más altas. Otras son el escenario de un festín de hormigas y otros insectos. Hay infinidad de seres por ahí, andando, comiendo, tejiendo, sembrándose libremente y alegremente. Mientras echamos en el costal las numerosas y gordotas mazorcas que nos dejaron, la sonrisa adentro se va ampliando. Liberamos para compartir la comida, otra frase pegajosa.

Otra vez vuelta a la cocina. Vamos echando chistes alrededor del molino. Hoy es día de envueltos: nuestra manera golosa de celebrar la cosecha. Y caemos en cuenta: hace un mes, en este mismo lugar parqueaban seis chivas, mucha gente y revuelto, alistándose para la segunda Marcha de la Comida, rumbo a cuatro ciudades de Colombia para ir a compartir con la gente de procesos de base la cosecha liberada. En el olor de la candela, y al ritmo de la molida, los pensamientos van vagabundeando; y vuelven las imágenes de esta segunda Marcha de la comida.

Sancocho de recuerdos

Las chivas que andan ruidosas y alegres en todos los rincones de los barrios de las ciudades,
las miradas de la gente al verlas andar, el asombro y la sonrisa en las caras,
estos tejidos musicales entre quenas, bambuco caucano, tambores africanos, canciones paisas,
la siembra con muchas manos en la madrugada en el barrio San José de Manizales,
los plátanos, yucas, maíz y demás que protagonizan el encuentro,
las lagrimas de alegría de una mujer al recibir la comida,
la luz mágica del sol cayendo en el ritual de agradecimiento a la tierra orientado por la mayora muisca en el bosque mágico del alto Fucha en Bogotá,
estas danzas que entretejen los pueblos desde el ritmo de la Tierra,
el canto de los niños del barrio La paz en el calor de los tambores y del sol caleño,
el desayuno de frutas en la galería de Manizales y la palabra liberadora sonando por todos los megáfonos del mercado,
la caravana de bicis juntándose a las chivas en Cali,
la marcha y el bullicio por la plaza del 20 de julio en Bakatá,
este sancocho entre manos multicolores en el barrio Bello Oriente de Medellín…

Las imágenes se mezclan en una salsa sabrosa para la memoria. Uno se queda como ebrio. Un poco confundido, igual. Echémonos agua fresca un momentico en la cara. ¿Que nos quedó de esta marcha?

Liberamos para que vuelva la abundancia

“No pensaba que un plátano podía convocar tanta gente!” dice una liberadora asombrada. Y es verdad: donde llega el revuelto, el escándalo es grande. Gente amontonándose alrededor de los racimos, niños corriendo a buscar chuspas para empacar su pucho de comida, bulla alegre e impaciente.“Parece navidad y la fila para ver el Papa Noel” sigue la compañera en una risa. “Acá, el plátano está a 800 pesos la unidad. Es muy bonito ver toda esta comida” dice una señora toda emocionada con su chuspa llena. “Gracias Cauca” gritan los niños del barrio La paz bailando encima de las chivas.

En el barrio Bello Oriente, una mujer se enfada alegándole a los que no respetan la fila. Nos quedamos boca abierta. Y nos acordamos de la lora. Es claro que el capitalismo, acabando con la lógica de abundancia infinita de la vida, crea hambre, crea necesidad. Y ahí lo vemos, sí hay hambre, no hay alegría, no hay capacidad de compartir. Y se mata a la lora que come el choclo, se pisotea el vecino que está en la fila, se maldice a las hormigas. Para nosotros y nosotras, regalar la comida liberada es volver a crear la espiral creciente del dar, a creer en la reproducción infinita de la vida, a la abundancia de la Madre Tierra. Y entonces poder volver a la hermandad.“Más la ciudad crece, más crece la soledad. Lo que pasa hoy nos devuelve el sentir comunitario”. El abuelo paisa no puede creerlo. “Yo nunca había visto eso” como un eco, resuena la palabra de una señora en Bogotá.

“Te regalo estas semillas de zapallo, para que las siembres -el mayor liberador tiene la mirada y la palabra firmes- en estas semillas está nuestra lucha, las sangre de los hermanos que cayeron, y las alegrías compartidas”. Con la comida, es mucho más lo que se regala. Es el compromiso que tenemos con la vida, es el sentir de la lucha. Es una promesa de seguir tejiéndonos. Es una invitación a sembrar y a multiplicar la semilla. Una invitación que viene para nosotras y nosotros también, porque aunque fue con harto cariño, el revuelto fue poco. Nos desafía la ampliación de la siembra.

Liberamos desde los rincones que el capitalismo nos asignó

Las chivas no pudieron llegar hasta el barrio Bello Oriente de Medellín, tocó seguir caminando; tampoco hasta la comunidad de Puerto Valdivia, no dejó la fuerza armada; las chivas hicieron fuerza para llegar al Rincón del Valle en Bogotá, al barrio San José en Manizales, y en la comuna 18 de Cali. En Cali, Bogotá, Medellín, Manizales, llegamos a los cerros más alto, a las orillas de las ciudades, ahí donde se terminan los acueductos, las rutas de bus, y también el cemento. Ahí donde están las “invasiones”, los “desconectados”, los “desplazados”.

“¿Y pa’ que nos traen a estos rincones?” pregunta un compañero desubicado…

Los palabreos se hacen eco de un barrio al otro, de una ciudad a la otra. Se cuentan y se repiten historias de desplazamiento por el conflicto armado, de despojos violentos por el Esmad, hipocresía de las alcaldías regalando migajas y apartamentos en edificios-gallineros, últimos cuadritos verdes amenazados por el cemento, comunidades despreciadas, violentadas. Se cuentan y se repiten las luchas para defender los territorios, las mingas para hermanarse, el calor del pueblo. Y las matas de plátanos que se erigen en todos estos barrios, como trofeos de la batallas libradas, son las huellas concretas de que le vamos ganando terreno al monstruo. Plata no hay, plátano sí hay. La Marcha de la Comida es sencilla.

“¿Y pa’ que nos traen a estos rincones?” vuelve a preguntar.

La respuesta ahora es más que clara. Nosotros y nosotras, los y las arrinconadas del Norte del Cauca compartimos con los y las arrinconadas de las ciudades. Ahí donde los proyectos urbanísticos, desarrollistas quieren seguir despojándonos, sometiéndonos, y esclavizando a la Madre Tierra. Lo que hemos entendido es que es ahí donde se le hace frente al Monstruo, este monstruo sin rostro que crece cada día más y más, ansioso de su codicia, repleto de cemento y miseria. Este monstruo, arrinconándonos y desconectándonos lejos de sus centros nos regala sin querer la posibilidad de liberarnos de él. De organizarnos de otra forma, de recrear comunidad, de defender los territorios y los seres que todavía laten por ahí. Desde los rincones que el capitalismo nos asignó, vamos liberándonos y liberándola del cáncer desarrollista.

No vimos los centros, pero nos vimos las caras. Y podemos decir con certeza: eso no es poca cosa.

Liberamos en minga de muchos seres

Ya lo hemos dicho, la liberación es una lucha nasa pero no solo para nasas. Y con esta segunda Marcha de la comida, no es palabra en vano. “Las semillas son tan diversas como los pueblos que las cuidamos” dijo una compañera en Medellin. Y nos miramos en los ojos, y vimos que así era.

En esta Marcha juntamos manos de todos los colores para pelar plátano y yuca.
Sonaron instrumentos de todos los horizontes para alegrar los espíritus.
Se compartieron recetas de todos los sabores para llenar las barrigas.
Se juntaron espiritualidades de muchos nombres para armonizar, para ofrendar.

Las y los que frentearon la Marcha en las ciudades fueron muchos jóvenes, mujeres sobre todo, parches estudiantiles. Gente bonita que anda haciendo procesos en los barrios hace años atrás y que, aceptando el reto de la Liberación de la Madre Tierra, se echó a caminar detrás de este sueño, dejándose desalambrar en sus maneras de pensar, de sentir, de organizarse, de comunicar. A ellas y ellos se sumaron madres, padres, niños y niñas de muchos horizontes; músicos, raperxs, activistas y ecologistas de largo recorrido; cocinerxs de recetas propias, jardinerxs del cemento, academicxs que agrietan el pensamiento occidental… Sin olvidar las abejas, vacas, perros, insectos… Y la loras… Y las planticas, las piedras que acogieron los fuegos, los espiritus…

Las palabras se quedan cortas para dar las gracias a todos estos seres que caminaron la Marcha de la Comida. La trocha está abierta, seguimos junticos.

Somos la ofensiva desde abajo: muchos colibríes apagando el incendio.

“Ole pero, no se emocionen tanto, bájenle un poquito -reniega Ramón el Renegón- esta vaina de la Marcha de la comida, es ridículo. Ustedes se enloquecieron o qué. ¿Usté cree que yo voy a ser tan pendejo de ir a regalar comida a gente que ni conozco? No me crea tan pendejo.”

Nunca faltan las críticas.

“¿Cuál es el sentido, la apuesta política, los “objetivos” de tal acción, el impacto social concreto?”, pregunta otra gente. “Eh, no es un poco paternalista lo que están haciendo?”. Jum, ‘paternalismo’ indígena, acá tenemos un oxímoron creativo, una contradicción en los términos, que llaman.

Menos mal contesta Luna, echándonos el cuento del colibrí que gota a gota en su pico chiquito anda apagando el incendio que está acabando con un bosque. Los demás animales, burlones, lo miran de pa’bajo: “iluso”. Al colibrí no le importa, “estoy haciendo mi parte”, dice. La liberación también hace la suya. ¿Quiénes más?

Esta segunda Marcha de la Comida nos deja claro que colibríes hay mucho más. Que la liberación hace parte de una ofensiva desde abajo que va cogiendo fuerza. Que recupera fábricas, semillas, idiomas, tierras; que siembra en las grietas del cemento, defiende con verraquera las cuencas esclavizadas por las represas o los proyectos urbanísticos, se desconecta de las redes desarrollistas, se junta sin programa político. Esta ofensiva huele a Tierra y fluye con el agua, prende candela para conectarse al fuego y cocinar sancochos comunitarios, siembra en botellas, parques, latifundios, junta las manos las unas en las otras, toca música para alegrar los espíritus, recrea comunidad donde el capitalismo puso su veneno individualista, vive libre y contenta. Esta ofensiva se niega a someterse a la lógica de los proyectos, desplazarse en edificios grises, apretarse en corbatas, acomodarse con sueldos, primas, lujos y demás. Esta ofensiva luce todas las pieles y se pinta el corazón color Tierra. Y claro, ahí está el asunto, esta ofensiva desde abajo, es nuestra Madre que nos la insufla, que nos la pone en las venas, pues.

La Madre Tierra es la que nos junta

Con esta Marcha, la Madre Tierra usó de sus manías pa’ juntarnos a sus hijos y hijas. Feministas, anarquistas, comunistas, ecologistas, activistas, y otros -istas, la Madre Tierra nos puso cara a cara, corazón a corazón. Como la Mama que nos quiere a todos y todas así como somos, ella no nos cambia, ella nos junta. Y es escuchándola que vamos construyendo un mismo lenguaje.

Y lo que estamos aprendiendo o más bien re-aprendiendo es sencillo, y a la vez, bien loco. No somos nosotros los humanos que vamos a liberar la Madre Tierra. La Madre Tierra es la que acciona. Es la Madre Tierra quien, liberándose, nos libera. Acabamos con los héroes, los dogmas de papel, las figuras históricas, las candidaturas. Volvemos a caminar siguiendo un libro del tamaño del planeta, que todo lo siente, todo lo resuelve, todo lo cuida.

Con ella aprendemos la alegría en el vuelo de las loras, y la comunidad en el andar terrestre y horizontal de la mata de zapallo; de ella también conocemos la música en el concierto nocturno de los grillotes, la abundancia en la multiplicación de las semillas, y la comunicación en la memoria del agua; es ella todavía que nos muestra la fuerza de lo diverso en ese extraño duo de la vaca y el garrapatero, y la persistencia en la mala yerba abriendo grietas en el cemento.

Las cosquillas en la nariz son las que nos devuelven a hoy. Los envueltos ya están calienticos. Cierra los ojos. Ahí está la vida, entre el sabor dulce del maíz tierno, el olor de la candela, y la calentura de una aguapanela con menta. Las loras, a lo lejos, siguen disfrutando de la sabrosura del choclo, burlándose del espanta-pájaros disfrazado de liberadora.

Liberamos para que quepamos todos los seres.

Y en esta mañana calurosa, es bien claro que eso no es solo un lema. La Marcha sigue sonando adentro en ruidos colores y palabras. Seguimos marchando desde nuestros rincones para inventarnos en comunidad, y liberar la Madre Tierra del Monstruo.

Y a la hora de terminar esta nota, ya llegó la lluvia. Llueve, y, dijo un mayor, el agua que cae son las lagrimas de alegría de la Madre viendo a sus hijos y hijas recordándola, convocándola, creciendo con ella. Regresando a casa.

Weçx yuwe’kwe.

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Par Minga de comunication.

Exploitation de La Emperatriz. 24 juin 2019.

“On libère pour que tous les êtres aient leur place”, cette phrase tourne dans la tête.

Ce matin, tout commence avec le guatin (petit rongeur de cette région) qui traverse en courant le chemin qui mène à la cuisine. À cette heure-là, on le croise toujours ; c’est le voisin. Il est arrivé récemment, et semble se plaire par ici, le compère : le lieu est frais depuis que la forêt recommence à pousser, et que le ruisseau a repris de la force. On continue sur le chemin ; un sourire se dessine à l’intérieur en voyant que ce morceau de terre se peuple à nouveau ; salut les vaches, les petits veaux ! Les chiens nous accueillent à la cuisine.

Et nous voilà, sac sur l’épaule, arrivant au champs de maïs. Une belle nuée de perruches en sort tout juste, et nous salue de son vacarme joyeux. Le maïs tendre leur a plu, on dirait. Elles ont laissé la trace de leurs becs dans les épis les plus hauts. D’autres sont le théâtre d’un festin de fourmis et autres insectes. Il y a une infinité d’êtres par ici, qui se baladent, qui mangent, qui tissent, qui se reproduisent, librement et joyeusement. Pendant qu’on remplit le sac des nombreux et gros épis qu’ils nous ont laissés, le sourire dedans s’élargit.”On libère pour partager la nourriture“, voilà aune autre phrase qui résonne.

Retour à la cuisine. On se lance des blagues autour du moulin. Aujourd’hui, c’est jour d’envueltos (-gâteaux de maïs tendre) : notre manière gourmande de célébrer la récolte. Et alors on percute : il y a un mois, y’avait six chivas garées là, et pleins de gens, qui se préparaient pour aller partager les récoltes des terres libérées avec les processus de base de quatre villes de Colombie. Dans l’odeur du feu de bois, et au rythme du moulin, les pensées vagabondent ; et reviennent alors les images de cette Seconde Marcha de la Comida.

Marmite à souvenirs

Les bus qui s’ébranlent en grand bruit et grande joie dans tous les recoins des quartiers,
le regard des gens les voyant défiler, l’étonnement et le sourire sur les visages,
ces mélanges musicaux entre flûtes du Cauca, tambours africains, et chansons paisas,
les semailles à pleins de mains au petit matin dans le quartier San José de Manizales,
les bananes plantains, le manioc, le maïs au cœur de la rencontre,
les larmes de joie d’une femme qui reçoit sa part de nourriture,
la lumière magique du soleil couchant lors du rituel de remerciement à la terre mené par une Ancienne du peuple Muisca dans la forêt del Alto Fucha à Bogotá,
ces danses qui entretissent les peuples au rythme de la terre,
le chant des enfants du quartier la Paz dans la chaleur des tambours et du soleil de Cali,
le petit déjeuner de fruits au marché de Manizales et la parole de la Liberación dans tous les mégaphones de la galerie,
la caravane de bicyclettes qui se joint aux bus à Cali,
la marche et le joyeux vacarme sur la Place du 20 de Julio à Bakatá,
cette soupe cuisinée par des mains multicolores dans le quartier Bello Oriente de Medellin…

Les images se mélangent en une sauce savoureuse pour la mémoire. On en est comme îvres. Un peu confus, quand même. Rafraîchissons-nous un peu. Qu’est ce qu’il nous reste, finalement, de cette Marcha ?

Libérer pour retrouver l’abondance

« Je pensais pas qu’une banane plantain pouvait convoquer tant de gens ! » s’exclame une libératrice toute étonnée. Et c’est vrai : partout où elles arrivent, les récoltes du Nord du Cauca font sensation. Les gens se bousculent autour des régimes de banane, les enfants courent chercher des sacs pour emporter leur part de nourriture, tout ça dans un joyeux vacarme. « C’est comme à Noël, quand on fait la queue pour voir le père Noël» continue la libératrice dans un grand rire. « Ici, la banane plantain est à 800 pesos l’unité. C’est trop beau de voir toute cette nourriture » dit une femme toute émue, sons sac plein à la main. « Merci Caucaaaaa ! » crient les enfants du quartier La Paz, dansant debout sur la capote des chivas.

Dans le quartier de Bello Oriente, une femme, furieuse, s’insurge contre les gens qui ne respectent pas la queue. On en est bouche-bées. Et on se souvient de la perruche. C’est sûr que le capitalisme, en tentant d’éradiquer la logique d’abondance infinie de la vie, crée de la rareté, crée de la faim, crée de la nécessité. Et là on s’en rend compte : si y a de la faim, y’a pas de joie, y’a pas de capacité de partager. Et alors on tue la perruche qui mange le maïs tendre, on piétine le voisin qui est dans la queue, on maudit les fourmis. Pour nous, partager la nourriture libérée c’est recréer la spirale croissante du don, c’est croire en la reproduction infinie de la vie, en l’abondance de la Terre Mère. Et alors pouvoir retrouver la fraternité. « Plus la ville grossit, plus la solitude est grande. Ce qui se passe aujourd’hui nous rend le sens de la communauté » Le grand-père paisa ne peut pas en croire ses yeux. « J’avais jamais vu ça », comme un écho résonne la parole d’une femme de Bogotá.

« Je t’offre ces graines de potiron, pour que tu les sèmes. Le libérateur a le regard et la parole fermes. Dans ces graines, il y a notre lutte, le sang des frères et sœurs assassiné(e)s, et les joies partagées ». Ce n’est pas seulement la nourriture qui se partage, c’est beaucoup plus. C’est l’engagement que nous avons avec la vie, c’est le sens de la lutte. C’est la promesse que nous continuerons à tisser ensemble. C’est une invitation à semer et à multiplier les semences. Une invitation qui nous concerne aussi, parce que, même si nous les partageons avec beaucoup d’amour, les récoltes sont maigres. Notre défi désormais est de semer plus sur les terres libérées.

C’est depuis les recoins où le capitalisme nous accule que nous libérons la Madre Tierra

Les bus n’ont pas pu arriver jusqu’au quartier de Bello Oriente de Medellin, il a fallu continuer à pieds ; ils n’ont pas pu non plus arriver jusqu’aux communautés de Puerto Valdivia, la Force publique nous en a empêché ; les moteurs ont forcé pour arriver jusqu’au Rincón del Valle à Bogotá, jusqu’au quartier San José à Manizales, et à la Comuna 18 de Cali. À Cali, Bogotá, Medellín, Manizales, nous sommes arrivés jusqu’aux monts les plus hauts, aux ultimes frontières des villes, là où se terminent les réseaux d’eau courante, la desserte des bus, et aussi le bitume. Là où il y a les «bidonvilles», les « déconnectés », les « déplacés ».

Pourquoi vous nous ramenez dans ces recoins paumés ?” demande un compagnon un peu à l’ouest.

Les échanges de paroles se font écho d’un quartier à l’autre, d’une ville à l’autre. Se racontent et se répètent les histoires de déplacement forcé à cause du conflit armé, d’expulsions violente par la police anti-émeutes, l’hypocrisie des institutions municipales qui offrent des miettes et des appartements dans des cages à lapin, les ultimes carrés verts menacés par le ciment, les communautés méprisées, violentées. Se racontent et se répètent les luttes pour défendre les territoires, les chantiers collectifs pour fraterniser, la chaleur du peuple. Et les bananiers qui s’érigent dans tous les recoins, trophées vivants des batailles livrées, racontent silencieusement que nous sommes en train de gagner du terrain face au monstre. Plata no hay, plátano sí hay.(jeu de mot. Littéralement : y a de la banane, mais y a pas d’argent) La marcha de la Comida, c’est tout simple, en fait.

Pourquoi vous nous ramenez dans ces recoins paumés ?” Le compagnon paraît ne pas avoir compris.

La réponse est très claire, maintenant. Nous, les marginalisé(e)s du Nord du Cauca, nous partageons avec les marginalisé(e)s des villes ; là où les projets urbains et de développement veulent, au nom du soi-disant Progrès, nous déposséder, nous soumettre, et asservir la Terre Mère. Ce qu’on comprend maintenant, c’est que c’est là que nous pouvons faire face au monstre, ce monstre sans visage qui grossit chaque jour un peu plus, assoiffé d’ambition, gavé de ciment et de misère. Ce monstre, en nous marginalisant, en nous déconnectant loin de ses Centres, nous offre sans le vouloir la possibilité de nous libérer de lui. De nous organiser autrement, de recréer de la communauté, de défendre les territoires et les êtres qui vibrent encore malgré lui. Depuis les marges où le capitalisme nous assigne, nous sommes en train de nous libérer et de la libérer du cancer du Développement.

On a pas vu les centres, mais on s’est vu les bouilles. Et ça c’est un sacré truc.

On libère tous ensemble, tous les êtres

On l’a déjà dit, la Liberación est une lutte nasa, qui n’est pas seulement pour les nasas. Et avec cette Seconde Marcha de la Comida, c’est pas des mots en l’air. « Les graines sont aussi diverses que les peuples qui en prennent soin » a dit une femme à Medellin. Et on s’est regardé droit dans les yeux, et on a vu que c’était vrai.

Lors de cette Marcha,
nous avons joint des mains de toutes les couleurs pour peler du manioc et des bananes plantain,
des instruments de tous horizons ont sonné pour faire danser les esprits,
des recettes de toutes les saveurs se sont partagées pour remplir les ventres,
des spiritualités diverses se sont unies pour harmoniser, pour remercier…

Dans les villes, la Marcha a été menée par beaucoup de jeunes, des femmes surtout, des groupes de potes, d’étudiants. De belles gens qui travaillent depuis un bon bout de temps pour la vie des quartiers et qui, acceptant le défi de la Liberación de la Madre Tierra, ont pris la route derrière ce rêve, se laissant transformer dans leurs manières de penser, de sentir, de s’organiser, de communiquer. Les ont rejoint des mères, des pères, des enfants de tous horizons ; musicien(e)s, rappeur(e)s, académicien(ne)s qui fissurent la pensée occidentale… Sans oublier les abeilles, les vaches, les chiens, les insectes… Et les perruches… Et les plantes, les pierres qui ont accueilli les feux, les esprits…

Les mots manquent pour remercier tous ces êtres qui ont cheminé la Marcha de la Comida. La brèche est ouverte, on reste ensemble.

Nous sommes l’offensive d’en bas : une nuée de colibris qui éteignent l’incendie

« Hey, mais vous enflammez pas les gars, râle Jean-Lou le Relou. Ce truc de la Marcha de la Comida, c’est ridicule. Vous êtes devenus oufs ou quoi ? Vous croyez que je suis assez couillon pour aller offrir des aliments à des gens que je connais même pas ? »

Évidemment, les critiques ne manquent jamais.

Quel est le sens profond, le pari politique, les « objectifs » d’une telle action, l’impact social concret ? » se demandent d’autres. « Oulala ! C’est pas un peu paternaliste ce que vous faites ? » Hum, ‘paternalisme’ indigène, voilà un oxymore bien créatif.

Heureusement Luna nous répond, en nous racontant le conte du colibri qui, de son minuscule bec, goutte à goutte, éteint l’incendie qui est en train de détruire la forêt. Les autres animaux, moqueurs, le regardent avec mépris : naïf ! Le colibri, il s’en fiche. « Je fais ma part », dit-il. La liberación aussi fait la sienne. Qui d’autres ?

Lors de cette seconde Marcha de la Comida, on s’est rendu compte que des colibris y en avait pleins d’autres. Que la Liberación fait partie d’une offensive d’en bas qui prend de la force. Qui récupère des usines, des graines, des langues, des terres ; qui sème dans les fissures du bitume, défend avec rage les cours d’eau asservis par les barrages et les projets d’urbanisation, se déconnecte des réseaux de développement, s’unit sans programme politique… Cette offensive sent bon la terre et suit le cours de l’eau, ravive les braises pour se connecter au feu et cuisiner des soupes communautaires, sème dans des bouteilles en plastiques, les parcs, les latifundios; joint les mains les unes dans les autres, joue de la musique pour faire danser les esprits, recrée de la communauté là le capitalisme a injecté son venin individualiste, vit libre et contente. Cette offensive refuse de se soumettre à la logique de projets, de déménager dans des immeubles gris, de s’étouffer dans des cravates, de s’accommoder de salaires, primes, bling bling et compagnie. Cette offensive s’habille de toutes les peaux et se peint le cœur couleur de la terre. Parce que, évidemment, c’est là qu’est le truc, cette offensive d’en bas, c’est la terre Mère qui nous l’insuffle, qui nous la glisse dans les veines, quoi.

C’est la Terre Mère qui nous rassemble

Pour cette Marcha de la Comida, la Terre Mère a usé de sa malice pour nous rassembler. Féministes, anarchistes, communistes, écologistes, activistes et autres -istes, la Terre Mère nous a mis face à face, cœur à cœur. Comme la maman qui nous aime toutes et tous comme on est, elle ne veut pas nous changer, elle nous rassemble seulement. Et c’est en l’écoutant qu’on est en train de construire un langage commun.

Et ce que nous apprenons, ou plutôt que nous ré-apprenons c’est tout simple, et à la fois, complètement fou. C’est pas nous les humains qui allons libérer la Terre Mère. C’est elle qui agit. C’est la Terre Mère qui, en se libérant, nous libère. On en termine avec les héros, les figures historiques, les candidatures. On en revient à suivre un livre à l’échelle de la planète, qui sent tout, qui résout tout, qui prend soin de tout.

Avec elle, nous apprenons la joie dans le vol des perruches, et la communauté dans le cheminement terrestre et horizontal du pied de potiron ; grâce à elle nous apprenons la musique dans le concert nocturne des grillons, l’abondance dans la multiplication des graines, et la communication dans la mémoire de l’eau ; c’est encore elle qui nous montre la force du divers dans cet étrange duo de la vache et de la grue, et la persistance dans la mauvaise herbe qui fissure le ciment…

Les chatouilles dans le nez nous ramènent à aujourd’hui. Les envueltos sont tout chauds. Ferme les yeux. La voilà la vie, entre la saveur douce du maïs tendre, l’odeur du feu de bois, et la chaleur d’une infusion de menthe et panela. Les perruches, au loin, célèbrent les délices du maïs tendre, faisant fi de l’épouvantail déguisé de libératrice.

On libère pour que tous les êtres aient leur place.

Et en cette matinée chaleureuse, c’est bien clair que c’est pas seulement un slogan. La Marcha continue de résonner dedans en bruits, couleurs, paroles. On continue de marcher depuis nos recoins pour nous inventer en communauté, et libérer la Terre Mère du Monstre.

Et à l’heure de terminer ce texte, la pluie est arrivée. Il pleut et, comme l’a dit un Mayor, l’eau qui tombe sont les larmes de joie de la Mère voyant ses enfant se souvenir d’elle. Et revenir à la maison.

Wecx yuwe’kwe. (Bienvenue)

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